
- Gracias, han sido muy amables.
- No se preocupe. Para eso estamos, para ayudarnos.
- Buenas noches.
- Hasta la próxima.
Conversaciones similares solían escucharse entre Abraham Chamberlain y algún ocasional transeúnte, justo enfrente del núm. 2341 de W. Monroe St., en Springfield, Illinois, concretamente los días en que Jerry Douglas, por la razón que fuese no se hallaba sentado en su mecedora -adelante y atrás- en el porche de su casa, como si contase cansinamente los clientes que acudían al establecimiento Pizza Hut, aquel que se encontraba enfrente de su casa, justo al cruzar la carretera. Casi siempre, la causa de tales ausencias se debían a que cada mes, sin falta, iba a depositar un ramo de crisantemos ante la tumba de Lincoln y que después aprovechaba, también cada mes, para visitar a un hermano suyo que vivía por los alrededores del sepulcro del Presidente.
Los días en que Jerry Douglas, se hallaba musitando alguna vieja canción sureña en el pórtico de su casa, era él quien le abría la puerta. No tenía nada de extraño, pues ambos habían vivido allí, desde niños, en aquellas casas contiguas, cuyas parcelas apenas estaban separadas por un pequeño seto vegetal de unos 35 o 40 cm. de alto, cada vez peor conservado. Se conocían, pues, de toda la vida, hasta se podría decir que desde antes, porque sus familias fueron vecinas muchos años antes de que ellos llegasen a este mundo y a esa dirección. Pero es cierto que el trato entre ellos, conforme transcurría el tiempo, se iba reduciendo cada vez más a prestarse auxilios en momentos determinados, pues, disfrutar de un rato de asueto, de una buena conversación, era algo que ya hacía tiempo que no se producía, que parecía que había quedado en desuso; sin más. Y no porque fueran personas toscas o incapaces de mantener un discurso mínimamente inteligente, todo lo contrario. Debía de ser producto del paso del tiempo; sin más.
Para ser exactos, habría que decir que ninguno de los dos eran personas demasiado comunes, pues, a pesar de sus años, Jerry Douglas siguió hasta el fin de sus días publicando cada año un libro de carácter científico, con la precisión de un reloj suizo (quizá debería de haber dicho “con la regularidad de un científico disciplinado”) y que Abraham Chamberlain continúo, también hasta sus postreros días, con su hábito de reflexionar sobre cualquier cosa, por insignificante que pudiera parecer; como había sido la manera en que se había enfrentado a todo, desde siempre: Que, ¿por qué las moscas antes de posarse sufren una especie de convulsión doble, primero en la pata posterior izquierda y luego una simple en la central de la derecha?; que, ¿por qué a unos les da por empezar a leer los periódicos al derecho y a otros al revés?; que, ¿por qué las abuelas condicionan tanto a quienes deciden dedicar su vida a la política?..; que, ¿por qué ...?; Que ... ... ... Costumbre que lejos de parecer perniciosa, se podría calificar de edificante, al menos, hasta cuando se le ocurrió preguntarse, ¿por qué, siendo el orificio del bombín de la cerradura tan pequeño y la llave también, somos capaces -salvo en casos de evidente exceso de ingesta etílica- de introducir la llave en la cerradura, casi siempre a la primera y sin el menor esfuerzo.










