
Tenía yo una “seño”, la primera, de la que sólo recuerdo que era una “seño” y que era de tránsito.
Tenía una “profe” monja, sor Catalina, que me obligaba a pasar la lección con la portera, sor Isabel, para evitar los pellizcos que bien sabía dar como una monja.
Tenía yo un “profe”, don Ramón –el primero de los tres seguidos-, que marcaba las micciones a la orden: por cada gota fuera del caz de diez centímetros, que había por urinario, una palmetada en los dedos que nos hacía poner a la italiana.
Tenía yo un “profe”, don Ramón –el segundo de los tres seguidos-, que depositaba en una caja de zapatos las pelotillas que iba haciendo durante las clases y cuando le parecía bien, nos decía a alguno de los alumnos que echásemos su producción a la basura, con el natural asco, por parte del agraciado.
Tenía yo un “profe”, don Ramón –el tercer de los tres seguidos-, que era una buena persona, al contrario de los alumnos que le habían tocado en suerte.
Tenía yo un “profe”, el director, don Pascual, que cuando se desmadraba, se desmadraba; pero como suele ocurrirle a todos los que se desmadran, dejan de desmadrarse cuando su desmadre le puede poner en peligro. Ese era mi caso; conmigo no se desmadraba, no sé si por el respeto que le tenía a mi padre o por lo respetable de sus bíceps, que aún conservaba por haber sido gimnasta. Otros compañeros no gozaron del mismo respeto.
Tenía yo un “profe”, don Eloy, del que también me libre de sus hostias; en este caso, aún no me explico cómo, porque en Religión, que junto con el Latín eran las asignaturas que impartía, saqué un 10 en el primer examen. La de leches que me ahorró, porque a partir de ese churro, cada vez que fallaba, que eran todas, siempre se resolvía con un “Alonsín, Alonsín…”.
Tenía yo un “profe”, don Andrés o don Pecatisnariscatis –no creo que haga falta mencionar la verruga que tenía en la punta de la nariz. De especialidad: sus capones: finos pero muy, muy dolorosos.
Tenía yo una "seño", que se empeñaba en enseñarme francés y, como yo quería otro tanto, terminó revetándome las narices.
.
Tenía yo un “profe”… y otro… y otro y otro, pero estos son los que más recuerdo; posiblemente por ser lo de la primera infancia. Luego también tuve uno y otro y otros catedráticos, estos marcan menos y sólo quiero referirme a don José y sus cálculos geométricos, no sólo por recordarlo, sino porque ya que todos ellos se pasaron los primeros años de mi vida calificándome, ahora quiero calificar a este excelente geómetra y mejor transmisor de conocimientos, con un : ¡Chapó!
Lamento que la suma de todos ellos, unos desde la fe y otros desde la mala fe, no consiguiesen lo que hubieran deseado, pero es que en esto, como en todo, la materia prima también tiene algo que decir.










