viernes, 24 de julio de 2009

LA LLAVE


- Gracias, han sido muy amables.

- No se preocupe. Para eso estamos, para ayudarnos.

- Buenas noches.

- Hasta la próxima.


Conversaciones similares solían escucharse entre Abraham Chamberlain y algún ocasional transeúnte, justo enfrente del núm. 2341 de W. Monroe St., en Springfield, Illinois, concretamente los días en que Jerry Douglas, por la razón que fuese no se hallaba sentado en su mecedora -adelante y atrás- en el porche de su casa, como si contase cansinamente los clientes que acudían al establecimiento Pizza Hut, aquel que se encontraba enfrente de su casa, justo al cruzar la carretera. Casi siempre, la causa de tales ausencias se debían a que cada mes, sin falta, iba a depositar un ramo de crisantemos ante la tumba de Lincoln y que después aprovechaba, también cada mes, para visitar a un hermano suyo que vivía por los alrededores del sepulcro del Presidente.

Los días en que Jerry Douglas, se hallaba musitando alguna vieja canción sureña en el pórtico de su casa, era él quien le abría la puerta. No tenía nada de extraño, pues ambos habían vivido allí, desde niños, en aquellas casas contiguas, cuyas parcelas apenas estaban separadas por un pequeño seto vegetal de unos 35 o 40 cm. de alto, cada vez peor conservado. Se conocían, pues, de toda la vida, hasta se podría decir que desde antes, porque sus familias fueron vecinas muchos años antes de que ellos llegasen a este mundo y a esa dirección. Pero es cierto que el trato entre ellos, conforme transcurría el tiempo, se iba reduciendo cada vez más a prestarse auxilios en momentos determinados, pues, disfrutar de un rato de asueto, de una buena conversación, era algo que ya hacía tiempo que no se producía, que parecía que había quedado en desuso; sin más. Y no porque fueran personas toscas o incapaces de mantener un discurso mínimamente inteligente, todo lo contrario. Debía de ser producto del paso del tiempo; sin más.

Para ser exactos, habría que decir que ninguno de los dos eran personas demasiado comunes, pues, a pesar de sus años, Jerry Douglas siguió hasta el fin de sus días publicando cada año un libro de carácter científico, con la precisión de un reloj suizo (quizá debería de haber dicho “con la regularidad de un científico disciplinado”) y que Abraham Chamberlain continúo, también hasta sus postreros días, con su hábito de reflexionar sobre cualquier cosa, por insignificante que pudiera parecer; como había sido la manera en que se había enfrentado a todo, desde siempre: Que, ¿por qué las moscas antes de posarse sufren una especie de convulsión doble, primero en la pata posterior izquierda y luego una simple en la central de la derecha?; que, ¿por qué a unos les da por empezar a leer los periódicos al derecho y a otros al revés?; que, ¿por qué las abuelas condicionan tanto a quienes deciden dedicar su vida a la política?..; que, ¿por qué ...?; Que ... ... ... Costumbre que lejos de parecer perniciosa, se podría calificar de edificante, al menos, hasta cuando se le ocurrió preguntarse, ¿por qué, siendo el orificio del bombín de la cerradura tan pequeño y la llave también, somos capaces -salvo en casos de evidente exceso de ingesta etílica- de introducir la llave en la cerradura, casi siempre a la primera y sin el menor esfuerzo.

6 comentarios:

Reyes dijo...

Plas plas plas...
ahora soy la primera , qué ilusión.
Y cómo me ha gustado este texto.
Sin peloteos , que luego dices que la gente exageramos.
........

Sólo que eso de meter la llave a la primera , pues...qué quieres que te diga...a mí no se me da .
Tengo las llaves marcadas "mentalmente " para saber cuál es la que entra .
Pero yo es que soy un poco incapaz casi para todo.
Ya sabes, the right key but the wrong hole...
y lo dejamos así.
Besos .

POLIDORI dijo...

Es que hay cosas que parecen inexplicables, incomprensibles. Siempre tendremos que ir en busca de respuestas aunque nos vayamos cansando de los mismos contertulios y los problemas sigan siendo de la misma categoría



John W.

MUY SEÑORES MÍOS dijo...

Plash, plash, plash... (yo, en inglés, también)
Ya te digo yo si exageras; que eres tan taurina como tahurina: que eso de tus incapacidades casi en todo... ni los tiburones, tahurina, que nos das unos pases de auténtica taurina: torera.

Gracias por las exageraciones, que esas se tragan, de verdad, con la voracidad de los tiburones, haga frío o calor.

Beso.

MUY SEÑORES MÍOS dijo...

Ay, John, nuestra parte animal si la encerramos. Mira, eso podría dar origen a otro relato que pusiese en manifiesto lo conveniente que puede resultar, a veces, enjaular a los animales salvajes y lo poco conveniente que puede resultar, otras veces, el enjaular a nuesta parte animal savaje.

Saludos.

BB dijo...

Pues, yo estoy con Reyes, o al
agujero lo mueven de sitio o la
llave se ha empequeñecido y,
créeme, sin ingesta etílica.
En cambio tú, que encuentras esa
cerradura, sin esfuerzo, nos llevas
amarrados a tus palabras, y te
seguimos, sin oponer resistencia
alguna, totalmente encantados.
Entonces, te has puesto a reflexionar sobre el porqué estas
dos mujeres, sean incapaces de
introducir a la primera, la llave
en la cerradura?
Para pensárselo, señor mío.
Un abrazo
BB

MUY SEÑORES MÍOS dijo...

Pues no, BB, soy muy torpe y alejado de la condición analítica de Mr. Abraham Chamberlain, así que si no me das más datos, que me puedan acercar a esa coincidencia, tendré que ponerme en contacto con el susodicho, a ver si me orienta.

(¿Por qué será, porqué estas
dos mujeres, BB y Reyes serán incapaces de introducir a la primera, la llave
en la cerradura?... (¿Por qué será, porqué estas
dos mujeres, BB y Reyes serán incapaces de introducir a la primera, la llave
en la cerradura?... (¿Por qué será, porqué estas
dos mujeres, BB y Reyes serán incapaces de introducir a la primera, la llave
en la cerradura?... ... ... ¿Por qué?...

Un beso, mientras lo pienso.